El Señor de los Milagros recorrió las calles del Centro de Lima

Considerada como una de las festividades más importantes a nivel mundial, dentro del ámbito de la fe católica,  la procesión del Señor de los Milagros inició su tradicional recorrido, a lo largo del todo el mes morado, sobre los devotos hombros de las cuadrillas de cargadores. La imagen partió desde el templo de las Nazarenas para visitar las viejas calles limeñas en medio de la, cada vez mayor, congregación de creyentes, vestidos con el típico hábito morado. 

Por Aldo Mendoza

A lo lejos una espesa humareda blanca, con olor a incienso, se mezclaba con el fondo coral de cánticos y oraciones que anunciaban la pronta llegada de la sagrada imagen, que se abría paso de entre los miles de incansables peregrinos, bendiciendo con su presencia a cada uno de las familias que desde los balcones, ventanas; e incluso, techos lanzaban globos, serpentinas y picapicas. Todos ellos, se esforzaban en darle la mejor de las bienvenidas.

Una que otra vez, los sollozos entorpecían el continuo ritmo de las múltiples plegarias que se escuchaban a media voz, como intentando hablar con Dios. En tanto, las lágrimas parecían dar un poco de humedad a los fieros rostros que, a modo de penitencia, eran castigados por el intenso calor. Pese a ello el fervor religioso aumentaba con cada paso que daba la feligresía en conjunto.

En cada una de las paradas, a la orden de un campanazo, el Cristo de los Temblores descendía entre palmas y emotivos recogimientos, para ser homenajeado por las autoridades pertinentes. Los fieles trataban de llegar a empellones a tocar, siquiera, las sagradas andas del Cristo de Pachacamilla a modo de un popular acto litúrgico para alcanzar la protección celestial, otros elevaban a sus niños para que estos pudiesen contemplar el santísimo oleo.

Con mucha dificultad se logró avanzar de entre la multitudinaria hermandad –el objetivo era estar lo más cerca posible del Cristo moreno; quizás, para sentir mucho más el calor del fervor religioso–. La visión era un tanto borrosa, por la densa nube, de incienso y palo santo, que era avivada debido al incesante movimiento de los sahumerios. 

La tradicional penitencia en Octubre


Un Padrenuestro en octubre

Entre el gentío, que por momentos parecía vencer el cerco policial, se pudo distinguir unos ojos que irradiaban una tranquilidad casi “divina, de ellos brotaban con estremecedora naturalidad gotas de alma que parecían aliviar el peso de la culpabilidad con las que cargaba; su mirada era como ventanas transparentes que permitía ver su yo espiritual con desgarradora desnudes. Llevaba entre sus manos una vieja foto a blanco y negro de un niño. Aquel cuadro parecía tener el extraño “poder” de petrificar a quien lo observase. En definitiva, habría que conocer cuál era la historia de aquella fe adorable que profesaba la delgada damita.

La curiosidad fue más grande que la prudencia; y tal cual, un metal es arrastrado por esa invisible fuerza magnética; de la misma manera, aquella singular persona  ejercía esa influencia. En un inicio, existía cierto temor ante una posible negativa… pero inspiró tanta confianza que conforme uno se le acercaba mayor era la seguridad que adquiría. Le ofrecí una botella con agua que guardaba en el morral, de inmediato me presenté, y así empezó la plática se trataba de Lucía Casanova Bruno, natural de Huarochirí, ella venía desde Jicamarca, Anexo. Contó que es una fiel devota desde hacía más de quince años; y que la procesión, para ella, es una forma de gratitud, un modo de vida, en todo el sentido de la palabra, que guardaba estrecha armonía con el actuar y el decir.

“Todo comenzó cuando el menor de mis tres hijos (Javier) a la edad de cinco años fue secuestrado por su padre” –Me dijo, mientras me mostraba la foto que tenía entre sus manos–. Desde entonces cargaba con esa pesada cruz, el desconsuelo y la tristeza se volvieron compañeras constantes, el dolor carcomía su desgastada figura. No obstante, y después de haber pasado por esa “larga noche oscura” pudo ver, en la más infinita tiniebla, la luminosidad que emana del Bien Supremo, desde entonces tomó como intermediario divino, entre Dios y ella, al Cristo limeño. Nunca perdió la esperanza de volverse a encontrar con su menor hijo, y esta se convirtió en la única petición a lo largo. Hasta que “se hizo el milagro” como ella lo dijo.

Resulta sorprendente cómo una tarde, en apariencia cotidiana, se pudo transformar en un día especial e imborrable, para la señora Lucía. Hace casi dos años alguien tocó, tímidamente, la puerta de su solitaria casa. Con enorme pesadez, la protagonista de este testimonio, se despegó de su habitual sillón… abrió el cuarto, y de inmediato reconoció en el rostro de aquel joven –hoy tiene veintitrés años– la figura infantil que se había quedado tatuado en su mente por casi dos décadas. Era su hijo. El padre de este había muerto hace poco, y como último acto de arrepentimiento le había revelado la verdad de su origen… Una vez enterado de ese capítulo de su vida; el ahora joven decidió retornar al verdadero seno materno. Mientras iba narrando esta historia su voz se iba apagando de manera progresiva por el caudal de agua que salía regulado por las cansadas compuertas de sus pesados párpados. Se pudo sentir, que aquella persona era una de las pocas que había descubierto la bienaventuranza de vivir con pleno goce el presente. 

Los creyentes buscaron los mejores lugares para ver al Señor Morado


La noche se había presentado de forma súbita, y el archivo de fotos estaba casi vacío –esta era una de los motivos que me llevaron formar parte de tan magna manifestación de fe–, apresuré la despedida de tan amena compañía, y alargué los pasos. El recuerdo de aquella singular tertulia giraba al redor de mi mente. Y así terminó uno más de los primaverales días de octubre, el mes en donde la religiosidad peruana se patentiza a través de la congregación general de “todas las sangres”, donde se confunden en un mar “morado” tanto hombres, mujeres, niños y ancianos. Cada uno con realidades distintas; pero con una misma creencia, una misma fe. Donde cada microhistoria de “milagros” particulares nutren y forma parte de un gran fervor religioso que trasciende fronteras políticas hermanando a los hombres de buen actuar.

Pero no solo de fe vive el hombre, no podía faltar los también tradicionales ambulantes, los turroneros, los vendedores de cirios, de estampas entre otros, que buscan ganarse el pan de cada día; a través, de la venta de sus productos.

Las señoras aprovecharon la procesión y ofrecieron sus productos


La comicidad, también, tuvo su espacio, desde tempranas horas los showman de la calle lograban reunir en su entorno a un nutrido grupo de curiosos que reían sin parar.

Por otro lado, los indigentes esperaban con los brazos extendidos alguna que otra  limosna, sobre todo, en este mes; esperaban, tal vez,  un poco más de humanidad, de caridad, de compartir. En un mundo paradojal, en  algunos casos, la fe llega a inmunizarnos del sufrimiento ajeno.

Pero… cómo, cuándo, y dónde, se nos hizo una mala costumbre ver que el dolor humano crezca a “treinta minutos por segundo”. Cómo es que el hombre pierde sensibilidad, se desnaturaliza, convirtiendo en un frío movimiento mecánico el golpearse de vez en cuando el pecho. Cuándo el humus (Del lat. que significa tierra) animado por el “soplo divino” se acostumbró a esta odiosa cotidianidad. Dónde, la creatura, olvidó la receta de la empatía… En verdad espero, que la humanidad se humanice, ya sea motu proprio, o por iluminación supranatural.

Un saludo, desde esta esquina agnóstica, a los verdaderos creyentes que, realmente, viven su fe; aquellos que se  esfuerzan por tratar de seguir las huellas del Dios que se hizo hombre.

 
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