Carlincatura publicada en La República el 22 de noviembre



#Opinión

Por Josué Orosco Leguía
La inestabilidad política del Gobierno a raíz del caso López Meneses revela un trasfondo mayor, para muchos no hay ningún tipo de sorpresas sino más bien es la confirmación de actos no democráticos en el transcurso del gobierno de Ollanta: El servicio de inteligencia no está a merced del bien común sino de intereses propios.

Hay toda una tradición en los gobiernos modernos de Occidente sobre “el hombre fuerte”, “la mano negra”, el que se encarga de hacer el trabajo sucio. Nos referimos hacia aquellos gobiernos truculentos, autoritarios, deshonestos y sobre todo hipócritas. Con el fin del resguardo y la seguridad de la nación, el servicio de inteligencia está en disposición del espionaje así como la realización de actos no constitucionales: Toda decisión de tono perjudicial no puede ser emitida por una entidad presentada y representada como el Presidente, sino por una figura excrecente (término del filósofo Alain Badiou en El ser y el acontecimiento), entendamos aquí como aquel sujeto o institución no pública que administra bajo las sombras.

Solo hagamos una pequeña mención en nuestra contemporánea política peruana: El ejemplo por antonomasia es Vladimiro Montesinos. Tras desarticularse el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), muchos de sus integrantes se llevaron “el secreto de la receta” y no hay duda que se camuflaron o se adaptaron a los nuevos gobiernos, los herederos de las prácticas montesinistas se hicieron más evidentes en el segundo gobierno de Alan: el caso BTR por ejemplo. Asimismo en la disputa por la alcaldía de Lima 2010 entre Susana y Lourdes salió a luz el “potoaudio”. Por otro lado, las conspiraciones es otra de las prácticas favoritas en la tradición política: los intereses económicos y valores católicos están por encima, así por ejemplo se utiliza a un Marco Tulio en la revocatoria de Lima cuando los titiriteros son la Iglesia y el Mudo Castañeda, esto último demuestra en gran parte lo siguiente: el poder detrás del poder.

Ahora presentemos al que fue hasta hace poco la mano derecha de Ollanta: Adrián Villafuerte. Tenía el mismo cargo que Montesinos, el de “asesor”. Ahora es conocido su trayecto político; centrémonos su vínculo con Ollanta, su asesoría comienza en la campaña por la presidencia del 2006 y todo indica que su lazo fue mucho más estrecho hasta en la siguiente campaña, de tal forma, por una cuestión de camaradería militar (no olvidemos también que Óscar Valdés es un militar en retiro y que ejerció la Presidencia del Consejo de Ministros) o por vínculos afines, Villafuerte fue nombrado como consejero presidencial en temas de seguridad y defensa nacional, ¿qué indica tamaño rótulo?: Es la excusa en el cargo para todo el manejo de seguridad, incluso es notoria la mayor jerarquización que tuvo sobre los ministros del Interior y de Defensa. Todo parece indicar que su función era el de “velar” ciertos intereses políticos.

Como bien señala la oposición, Villafuerte sería el nexo entre el montesinismo y el Gobierno. Debemos recordar que éste estuvo coludido con la jerarquía militar en el gobierno de Fujimori. No hay casualidades, su función suprema no puede ser obviada y desentendida en relación a López Meneses: Una exclusiva custodia policial en su domicilio de Surco resulta mucho más que escandaloso.

Es risible que todos se hagan los desentendidos. Más bien esta clase de violación a la democracia es un acto normal y justificable en la ideología militar. El panorama es tan cómico y desalentador como el contexto de Conversación en La Catedral: Cayo Bermúdez es la mano negra en el régimen de Odría, asciende en el poder como Director de Gobierno y luego como Ministro, su poder e influencia sigue en ascenso a tal punto que se hace dueño del servicio de inteligencia militar: Vigila reuniones de exministros, busca pistas de posibles conspiraciones contra Odría: La política peruana ya es una novela conocida.
 
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