#Opinión

Por Josué Orosco

Hay un tema que si bien no ha pasado desapercibido, ha sido tomado superficialmente: me refiero a la institucionalidad del Gobierno. Habría que preguntarse si el protagonismo de la Primera Dama en el Ejecutivo tiene por causa un egocentrismo o es un juego del destino donde su estrella de vida la concede en el mandato. Y al margen que se especule que su exhibición es por un proyecto de candidatura presidencial, lo cierto es que Villanueva justificó su renuncia por una falta de institucionalidad, debido a la injerencia y desautorización que le hizo Nadine Heredia sobre la discusión en agenda del sueldo mínimo; así  el Gobierno evidencia una carencia de principios, los más básicos que toda llamada República debe tener: la clara distribución política administrativa en los cargos públicos. Si no hay orden, no hay progreso y da lugar a una serie de crisis política y malestar en el sector privado económico.

El tránsito del anterior al nuevo Gabinete evidencia una democracia arcaica y caudillista, puesto que las figuras públicas como la Primera Dama y el Ministro de Economía ‘figuretean’, cuando se debería guardar la formalidad. Extraña pues que el Vicepresidente (no sé quién es, ¿existe?) no  asuma su rol cuando el Presidente se encuentre en el exterior o que no haya un Vocero que pronuncie la posición del Gobierno, cuyas funciones las asume claramente la Primera Dama; está demás decir que su nominación se restringe a labores sociales, mas no de intervenciones –así sean solo declaraciones- en el Ejecutivo. Ya han sido un par de años en los que se ha querido minimizar los hechos de intromisión aduciendo su derecho de opinión, pero ya nadie duda de que toma decisiones por encima del Presidente o a la par de él. 

Entonces debe entenderse que un país progresa cuando menos irregularidades se presenten en su institucionalidad. No queremos pues que el Perú sea una chacra –como históricamente lo ha sido-; si queremos avanzar necesitamos una formalidad en el Gobierno, y desde luego, al menos, cuidar las apariencias en problemas de pareja, pues los peruanos no tienen porqué  ‘pagar el pato’.
 
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