[Imagen: Arzobispado de Lima]

Por Josué Orosco Leguía

El cardenal de Lima Juan Luis Cipriani manifestó en su homilía por el aniversario patrio algunas consideraciones sobre la relevancia de la Iglesia en la sociedad y Estado peruano.  Su discurso es pues una reflexión entre la fe cristiana y las leyes del hombre que sostienen, según él, el derecho natural y el bien común.

Pero su discurso es más una posición individual que institucional cuando dice «quiero reflexionar brevemente». Como toda construcción argumentativa, el discurso del Cardenal no deja de serlo y por tanto es sujeto para el análisis y la crítica. No obstante, su hilo argumentativo se vale más de citas de hombres que la fuente directa: la Biblia. Es por eso que su homilía versa más sobre asuntos políticos, cuyo interés se solapa bajo la idea de las santas escrituras y la doctrina [interpretada] de la Iglesia Católica.

 Si el Cardenal busca una vinculación entre la fe y la política, contradice a lo expuesto por el hijo de Dios:
  • ¿Nos es lícito dar tributo a César, o no?
  • Mas él [Jesús], entendiendo la astucia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis? Mostradme la moneda. ¿De quién tiene la imagen y la inscripción?
  • Y respondiendo dijeron: De César.
  • Entonces les dijo: Pues dad a César lo que es de César; y lo que es de Dios a Dios. (Lucas 20: 22-25)

Así el Estado y la religión estén al servicio personal y social del hombre, la fe (porque en términos concretos Cristo no fundó ninguna religión) se distancia totalmente de la política puesto que su fin es un plano distinto al de las leyes humanas: es universal y no estatal porque el plano espiritual no puede enlodarse con la política: «Y comenzaron a acusarle diciendo: A este hemos hallado que pervierte la nación, y que veda dar tributo a César, diciendo que él es el Cristo, el rey» (Lucas 23: 2). Es una cita que alude al plano político, aquel que altera las estructuras del orden por sus creencias debe ser omitido. Es la misma acusación que Cipriani enuncia cuando aboga por el bien común; es decir, los derechos de la mayoría sobre la minoría: «Es evidente que el criterio democrático de la mayoría puede ser suficiente en gran parte de la materia que deben regular jurídicamente los poderes del Estado».

El perdón, el amor y la solidaridad enseñados por Cristo se van al diablo cuando la religión quiere imponer sus doctrinas al Estado bajo el supuesto «espíritu cordial de colaboración y entendimiento al servicio del crecimiento espiritual y moral del país». El discurso de Cipriani  es una errónea interpretación de las escrituras y atenta con la libertad del hombre. No es lo que afirma: «no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad». La dignidad se mella cuando no se respeta a otros que no son parte del bien común, así como él enuncia  que la fe cristiana «se ha de reconocer como presencia comunitaria pública», de la misma forma se ha de reconocer a otros que no lo sean y que tengan ideas distintas o vayan en contra de la ‘moralidad’, esos que propagan la «ideología de género» y que atentan contra la institución de la familia. Moralidad: la misma que por siglos la Iglesia Católica hizo mención para denigrar al hombre.

Sí, el discurso de Cipriani es una muestra de que la fe cristiana, al desempeñarse como pública y comunitaria, también hace daño al tratar de catequizar las leyes. El argumento de la moralidad está más allá del aspecto religioso, y como tal, esta no puede ser condicional u obstáculo para la creación de leyes que armonicen una sociedad más justa, de un «bienestar general que se fundamenta en la justicia y en el desarrollo integral y equilibrado de la Nación» (Capítulo I: Del Estado, la nación y el territorio. Artículo 44 de la Constitución peruana). Así pues, el Estado peruano debe distanciarse de aquel bien común no democrático que enuncia nuestro Cardenal de Lima. La Palabra es distante con las leyes del hombre, pero a la vez están sujetas por el respeto. De ahí pues que las sabias palabras de Cristo tengan una carga de enigma y respuesta cuando dice «dad a César lo que es de César; y lo que es de Dios a Dios» (Lucas 20: 25). 

Por último, es preciso mencionar a nuestro Cardenal que Cristo trajo una bondad conciliadora en este mundo, nuevas leyes de amor y bondad que abolieron las de castigo y tormento impuestas por Dios en el Antiguo Testamento.

[Imagen: Carlincatura de 23 de julio publicado en La República]
 
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