Por Josué Orosco
 
La discriminación en el Perú es quizá el rasgo más negativo que nos identifica. Y una de sus variantes es acerca de los prejuicios que tenemos sobre la fisonomía en relación con el grado social o cultural, a ello sumémosle el prejuicio simultáneo de lo económico. En otras palabras, ‘el ver’ a otro genera un proceso inmediato de simulacros, acto que conlleva finalmente a una sanción negativa. 

No hace mucho, un ejemplo de esto se dio en Twitter, una alumna de una universidad privada calificó despectivamente de “color puerta” a un joven (de una universidad estatal): “Hablo de serranos como tú, que tienen twitter. En mi universidad no entra gente como tú, color puerta”. Sin describir los rasgos físicos de la agresora, creo que su discriminación obedece a la subjetividad impuesta del ingreso económico: rico / universidad privada > pobre / universidad pública. El hecho de tener más dinero presupone la idea de una mejor educación y un mejor estatus social, pero que no omite el ‘valor’ de la apariencia: un serrano es calificado como inferior por ejemplo.


Sin embargo, qué sucede cuando dejamos de ver al otro y solo oímos su voz, ¿es posible no ser racista? Un amigo me entrevistó con fines académicos, me hizo escuchar tres audios. En cada audio se oía el ‘habla’ de una mujer joven. Me preguntó fundamentalmente sobre mi percepción de la entonación y la pronunciación del habla, y luego, la imagen y relación que proyecto sobre ese carácter lingüístico con un posible biotipo y lugar de residencia de cada una de estas chicas. Así, tuve que ser honesto: la primera me pareció una cholita que vive en un cono; la segunda, una pituca con clase, alta, esbelta y bonita que posiblemente viva en San Isidro u otro distrito de posición A; y la tercera me pareció de la misma condición que la segunda, solo que gordita y blanca y con menor grado de instrucción. ¿Por qué?


Ahí radica la investigación, la subjetividad lamentablemente impuesta o aprendida que tengo. A pesar de mis respuestas, lo cierto es que acerté con cada uno de estos audios. En lo que respecta a la primera, a ‘la cholita’ que califiqué, me pareció un habla neutral y sin falta alguna o menor en las prescripciones de la RAE, más bien me pareció instruida, universitaria. Si la califiqué de ‘cholita’ es por la sonoridad y la entonación de su voz. Un mapa que tengo en la mente: una voz tierna, algo reprimido o nostálgico heredado del quechua.

En lo que respecta a la segunda, la identifiqué por ‘la entonación pituca’, peculiar y generalizada en muchos habitantes de Lima. Su forma de hablar me pareció también de educación superior. Y si la idealicé como alta, esbelta y hasta rubia es, además, por la sensualidad  y lo tan femenino que emitía su registro. Como dije, la proyecté en un distrito pudiente.

La tercera, si bien tenía una entonación pituca, me pareció grotesco por la cantidad de jergas empleadas, en este caso característico de lo pituco: alucina, manya, o sea, etc. 

Por las preguntas del entrevistador, tuve que concluir que la ‘cholita’ posiblemente estudie en una universidad pública y que sea pobre; la primera pituca en una universidad privada; y la otra pituca me pareció sin grado de instrucción superior, pero de clase social alta. Otra vez me pregunto ¿por qué? Son los estereotipos que he aprehendido y veo de manera frecuente en esta sociedad, que  repudio tajantemente. Y si lo escribo es para expiar mis faltas y las suyas si es que se han sentido identificados.

Observo entonces que no solo la vista transmite prejuicios, sino también el oído. Es posible entonces que uno discrimine y sea racista a través de las entonaciones y maneras del habla de una persona. No solo es la pinta, sino también es la voz que nos genera imágenes negativas.

Son estereotipos que asumen un choque cultural y que no permiten hasta ahora una aceptación de nuestra condición: un Perú diverso y pluricultural. Un Perú de todas las sangres.
 
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