“Toledo abolla a su gringa por hacerlo venado” (La Yuca, 22/03/2000), “Astronauta negro dirigirá la NASA en la era Obama” (La República, 24/05/2009), “Sendero vuelve a las aulas” (Perú.21, 21/04/2014), “Otra burrada de Morales” (Expreso, 24/06/2009), “San Marcos suspende clases por actos del Movadef” (El Comercio, 17/12/2014),  “Judas Angel Paez le tiembla a los tribunales”  (El Tío, 20/06/1998).

Por Miriam Romainville 

A diario cobardes e inmundas agresiones se cobijan en la llamada libertad de expresión, muchas personas son difamadas, viven a merced de los intocables, de quienes en pos de su libertad acribillan con palabras y escritos a quienes cometieron el flagrante delito de ser un “nadie” o no afín a la línea editorial.  Un "nadie" porque su palabra es insignificante, porque su existencia sólo guarda sentido cuando su deceso alimenta el morbo al que nos acostumbran ciertos diarios y canales televisivos.

Alrededor del mundo son muchas las sociedades y organismos que reconocen el carácter fundamental de la libertad de expresión. Desde los grecolatinos, como Demóstenes, quien afirmaba que no podía caer sobre un pueblo peor desgracia que la “privación de la libertad de palabra” hasta el  Derecho Internacional  que  afirma “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión”.

Pero ¿qué ocurre cuando no existen distinciones con el uso del derecho? Si uno sin pruebas, sin algún criterio lógico, motivado por la inmediatez, por el morbo, por la risa que agrede ,que humilla, si uno descalifica, ridiculiza , entonces atenta contra la convivencia y el respeto de los derechos y libertades de los demás. La piedra arde, la burla se expande, al igual que la mentira, y la sociedad se alimenta de eso, por esa razón la libertad viene de la mano con la responsabilidad, responsabilidad de asumir lo que uno dice, de sustentarlo.

“No hay muerto malo”
 
Constantemente nos exponemos a agresiones simbólicas, agresiones que suelen esconder una carga de individualismo y cinismo, ya que la burla suele ser ajena, las reacciones y corrientes de indignación sólo se manifiestan cuando nos sentimos identificados con la ofensa. La matanza ocurrida en Francia pone en el tapete esa discusión, ya que más allá de la condena del delito se encuentra un contexto que suele ser ignorado.

No es novedad que existe una corriente generalizada que busca justificar la ocupación de territorios en Medio Oriente, y que Estados Unidos, Inglaterra y Francia forman parte de una coalición que financia constantemente campañas militares que se cobijan en un discurso que apela a la libertad y democracia. Por lo que valdría preguntarnos ¿a quién beneficia este atentado?

A quién beneficia que la revista de Charlie Hebdo, como lo expresa José Antonio Gutiérrez en su artículo Je ne suis pas Charlie (Yo no soy Charlie),  a través de la carátula Nº 1099, trivializa “la masacre de más de mil egipcios por una brutal dictadura militar, que tiene el beneplácito de Francia y de EEUU, mediante una portada que dice algo así como ‘Matanza en Egipto. El Corán es una mierda: no detiene las balas”.




Llevamos más de medio milenio aprendiendo a odiar, a confundir la tolerancia con la justificación, la distracción con la perdición, la discusión de ideas con agresión, quizás sea momento de devolver el significado a la libertad de expresión y borrar el porfiado concepto de los que hoy se adueñan los principales medios de comunicación ,quizás sea momento de madurar, de despertar y ser consciente del poder que tiene nuestra palabra, nuestros actos, nuestra presencia.
 
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